Uno siempre busca referentes para todo lo que le apasiona. Tu deportista favorito, el cantante que ha marcado una época en tu vida, el gurú de esta o aquella disciplina que te inspira como nadie… Parece que necesitamos proyectar nuestros sueños en personas que han alcanzado el éxito y la relevancia pública pero, ¿qué hay de los referentes reales, los inmediatos, aquellas personas anónimas pero que en cierto modo han condicionado nuestro destino?

A mí siempre me ha apasionado el mundo de la empresa y el emprendimiento. ¿Y por qué a una adolescente de trece años le podría gustar gestionar un comercio local de chucherías (Frutos Secos Sabor, no es broma) en vez de disfrutar haciendo deporte o periqueando en los parques? Siempre creí que el mundo empresarial me vino de serie, como quien se compra un coche con cámara trasera incorporada y cuando la gente se asombra al subir a su vehículo, lo ve tan normal,…algo así.

La realidad es que con el paso del tiempo he entendido que tener ciertas habilidades tienen más que ver con conductas adquiridas que con el ADN. Crecí en un entorno de empresa, y para mí que mi padre viajara a otros países frecuentemente, que hablara de clientes, de cómo iba a vender tal proyecto, o que llevara un teléfono del tamaño de un maletín en el coche, era lo más normal. Como lo era que mi abuelo (su padre) con 60 años viajara con asiduidad a China para comprar productos manufacturados con mimbre.

Si esto no te sorprende, te invito a recordar tu infancia,… a tus abuelos concretamente. Lo más normal es que los abuelos te contaran historias sabias de la vida, te hablaran de sus pueblos, de la guerra, te llamaran en tu cumpleaños y te dieran a escondidas de tus padres unas perrillas para gastar (yo también tuve abuelos “normales” con los que pasaba mucho tiempo y que adoraba)

Claro que si tu abuelo era emprendedor y empresario, ya te lo digo yo, lo que tocaba era no verle el pelo porque siempre estaba trabajando.

Tengo un millón de historias suyas que te dan una idea de los c****** que le echaba a la vida, como ésa que me contó en la que en plenos años 60 y sin más estudios que la universidad de la calle y la vida, se echó a la carretera camino de Dinamarca conduciendo un tráiler Pegaso con la caja llena de sillones de palmito y mesas camilla que habían fabricado en su Salamanca natal, muchos de ellos con sus propias manos, para venderlas allí hasta que se le acabaran. Y aunque lo hizo por la más absoluta necesidad de una dura posguerra, de todas la opciones eligió la más arriesgada… ¡en el extranjero se las pagarían mejor que en España! Y es que en Madrid le esperaba una familia numerosa y una situación socio económica complicada.

Se me saltan las lágrimas de la risa al recordar aquel día que me contó lo que les pasó a mi abuela y a él en un viaje comercial a China, cuando ya rozaban ambos los setenta años. El caso es que al salir de uno de los vuelos al hacer escala en el aeropuerto de Singapur, los dos se perdieron de vista y no se encontraban. A mi abuelo no se le ocurrió otra cosa que acercarse a megafonía del aeropuerto, que como no le entendían su “Busco my bambina” (castellano mezclado con todas las palabras de todos los idiomas que era capaz de utilizar), asaltó el micrófono y empezó a gritar “Eduarda, Eduarda, que soy yo. Vuelve a la sala donde hemos salido del avión”. Según me dijo una vez mi abuela, ella iba como loca buscando los altavoces porque creía que mi abuelo saldría de alguno… :) Iba a escribir a continuación “¡Pobres…!“, pero si algo he aprendido en esta vida es que pena da quien no vive intensamente y no tiene mil aventuras que contar porque las ha vivido de verdad, hasta caer rendido de carcajadas o de lágrimas.

Anécdotas, como comprenderás, tengo a mares. Pero quiero destacar tres cualidades de mi abuelo que supo inculcar muy bien a su alumno más aventajado, mi padre, y que creo yo también tengo: meticulosidad, capacidad de trabajo e inquietud emprendedora.

Me acuerdo el primer viaje que hicimos los tres a China. Yo tenía 16 años y me llevaron como intérprete a la Feria Internacional de Guangzhou gracias a mis notazas en lengua inglesa en bachillerato. Fue toda una experiencia. Los proveedores chinos le consultaban sobre cómo podrían mejorar la producción y los acabados, y con gestos de admiración y un inglés lamentable le señalaban y me decían “The best, the best”. A él no le hacían falta idiomas, utilizaba el universal, los gestos abruptos de quien salió de un pueblo como artesano y se tuvo que hacer así mismo a base de errores y aciertos, por pura intuición y trabajo duro, apreciando las cosas bien hechas porque cuando uno se esfuerza por hacer bien su trabajo y trabaja, la suerte le acompaña. No sé si esto siempre se cumple, pero es un mantra que llevo escuchando a mi padre toda la vida.

La actitud emprendedora le acompañó hasta la tercera edad, cuando se marchó a Palma de Mallorca para emprender un nuevo negocio relacionado con el boom turístico e inmobiliario alemán en la isla. Todos esos alemanes tenían que sentar el culo en algún sitio para tomarse las cervezas y ver el fútbol, y él pensaba venderles los sillones.

No sé la edad que tienes ahora que me estás leyendo, pero yo que tengo 35, solo pensar en seguir emprendiendo negocios nuevos hasta los 60 años, me dan mareos. Ni te cuento si te digo que no sería hasta casi los 80 años que se retiraría de primera línea de batalla profesional. ¿Es o no es un referente de emprendimiento mi abuelo? Lástima que sus años dorados no le pillaran en esta época, con internet, el fácil acceso a la información, la agilidad de la comunicación,… A lo mejor hoy sería un gurú de gafapasta o daría charlas TEDx… ¿Pero qué digo? A mi abuelo le gustaba más la práctica que la teoría, remangarse y ser capaz de ver resultados sobre elementos físicos, especialmente sillones y cestas. ¿Sabías que hubo una época en la que te decía su patrimonio en sillones como si fueran una unidad de medida?

En una de nuestras conversaciones hace un par de años me dijo: “No te diré nieta que no he disfrutado de la vida, pero a mis años me doy cuenta de que solo he sabido trabajar. Y ahora que tengo ganas y tiempo, no acompaña la salud”. Eso sí, me lo dijo mientras desde su butaca de masajes, hacía ejercicios de gimnasia con las piernas subidas a lo alto de un taburete de caña al que había atornillado 4 rueditas y una cuerda que tras pasar por una polea colocada en el balcón, levantaba una caja de 6 litros de leche semidesnatada en tetra brik, todo de su invención. Y es que aunque dejó de trabajar, nunca dejó de emprender nuevas empresas, como convertirse en un experto en pelota vasca o diseñar pendientes y pulseras trenzadas para sus nietos, que nos regalaba la mar de feliz.

El pasado 26 de Julio de 2016 fue el Día de Los Abuelos, y también el día en el que yo perdí al mío, el primer emprendedor que inspiró mis referentes y el abuelo más atípico de toda mi pandilla. Un hombre que nació artesano del mimbre, vivió emprendiendo y murió persona.

DEP